En la mañana del 20 de septiembre de 2017 Puerto Rico fue devastado por el huracán María – un fenómeno de Categoría 4 con vientos sostenidos de 155 mph. Desafortunadamente, María cortó diagonalmente al país, dejando su furia y saliendo como huracán Categoría 2. Este post describe lo que experimentamos en Puerto Rico durante y después de María. Para algunos este post servirá para revivir la experiencia, para otros el valor estará en entender lo que experimentamos, pero para muchos este post debe ser leído reconociendo que la experiencia que vivimos probablemente sea muy similar en cualquier escenario catastrófico a grande escala a consecuencia de un desastre natural (e.g., terremoto) o causado por humanos (terrorismo).

Puerto Rico se fue a dormir el 19 de septiembre de 2017 sabiendo que el día siguiente todo el país recibiría vientos huracanados como hacía tiempo no se recibían. La proyección era que el huracán entraría por el Sureste (Yabucoa) temprano en la mañana y saliera por el Norte (Barceloneta) temprano en la tarde. Cubriría toda la isla, pero el daño mayor sería en las regiones cercanas al ojo del huracán que sólo medía 10 millas de diámetro. Para el Oeste de la isla (donde resido) se esperaban los primeros vientos de tormenta a eso de las 7am y la osadía debía terminar a eso de las 3pm. Como el ojo estaría lejos del Oeste estábamos preparados para vientos sostenidos de 75 mph. Para nuestra sorpresa, los vientos de tormenta tropical se comenzaron a sentir alrededor de las 2am y rápidamente perdimos el servicio de energía eléctrica. En mi casa el viento sopló en dirección del Norte desde las 5am hasta las 3pm. Psicológicamente estábamos listos para recibir los vientos que soplaron hasta esa hora. Lo interesante fue que a eso de las 3pm sentimos que el viento cambió de dirección y comenzó a soplar del Oeste como hasta las 10pm, esta vez con mucha  más fuerza que antes. No entendíamos lo que sucedía; se supone que el viento cesara, pero en vez estaba soplando más fuerte cada vez. Recuerdo caminar en desespero por toda la casa tratando de entender por qué llevábamos 17 horas bajo este huracán y no terminaba. A eso de las 10pm fue que el huracán terminó de rompernos el espíritu cuando nuevamente el viento volvió a cambiar de dirección, esta vez provenientes del Sur hasta las 2am. Fuimos muchos los que gritamos frustrados y con lágrimas en los ojos porque no aguantábamos más. Luego de varias semanas nos enteramos que María finalmente había entrado y salido por donde se proyectaba, pero en vez de continuar hacia el Norte se trasladó paralelo a la costa Norte en dirección al Oeste a una velocidad muy baja, reorganizándose mientras devastaba la isla. Inclusive en Aguadilla (el extremo Noroeste de la isla) el ojo del huracán duró por lo menos una hora y media. Eso les da una idea de lo lento que se movía el fenómeno y cómo se reorganizó. Cuando finalmente terminaron los vientos estábamos física y emocionalmente agotados. Vimos durante todo el día cómo techos, tejas, portones, postes y árboles cedían ante el viento. Eventualmente, el ruido del viento fue sustituido por el de la lluvia que se encargaría de complicar el panorama. Fue una noche difícil sabiendo que cuando amaneciera conoceríamos nuestra nueva realidad; todos sabíamos que nuestro país había cambiado de un día para otro.

Tan pronto salió el sol al día siguiente el país se lanzó a la calle para ver el daño. Dudo mucho que algún Puertorriqueño lograse mantener la quijada en su sitio mientras exploraba. Muchos lugares estaban irreconocibles. Más de la mitad de los árboles perdieron gran parte de sus ramas o estaban en el suelo. Al mirar a la montaña se podían apreciar casas que no sabía que existían; era como si hubiesen afeitado los montes. Las calles estaban completamente intransitables, mayormente por árboles y postes del tendido eléctrico que no resistieron el embate. Las calles también contenían la evidencia de que las lluvias que siguieron el huracán provocaron inundaciones severas y deslizamiento en las montañas. El país sabía que dada la magnitud del evento no tendríamos agua ni luz por algunas semanas. Lo que pocos se sospecharon es que el país quedaría completamente incomunicado. Al caer los postes del tendido eléctrico, que también cargan las líneas de teléfono y fibra óptica para internet, quedamos completamente incomunicados. Las antenas de celular tampoco aguantaron los fuertes vientos. De repente, Puerto Rico amaneció en los 1950s.

Afortunadamente, llevé una bitácora para acordarme de lo que experimentábamos diariamente. Según mis notas los primeros dos días luego del huracán nos dedicamos a internalizar el daño, abrir paso en las comunidades, rescatar los que necesitaban ayuda, limpiar y levantar los árboles. La primera respuesta del país fue de la comunidad, para la comunidad – primero se abrió paso dentro de los sectores, para luego salir a limpiar los accesos. La comunidad se unió con sus guaguas, sierras, hachas y machetes para ayudarnos como si lo hubiésemos ensayado. Dicen que ese fue el día que volvimos a ser gente. Los niños salieron a la calle a jugar, muchos por primera vez en sus vidas, y fue un tanto raro tener que presentarlos para que se conocieran dado que son vecinos. Ningún teléfono funcionaba, ningún canal de televisión trasmitía y en el Oeste sólo trasmitían dos estaciones de radio locales que realmente no tenían nada que reportar porque no tenían comunicación con nadie.

Al tercer día luego del huracán fue que comenzó la desesperación en Puerto Rico. Ya con las carreteras parcialmente transitables, el país se lanzó a la calle a visitar a sus familiares y amigos. Recuerden que acabábamos de experimentar el huracán más fuerte en la historia moderna del país y no teníamos contacto con nadie. El movimiento de vehículos por las carreteras, combinado con las personas que necesitaban combustible para sus generadores creó una demanda por gasolina y diesel que mantenían en promedio 60 vehículos en cada gasolinera. Como no teníamos comunicación, las personas tenían que ponerse en fila (i.e. cola) a ver si adivinaban cuál gasolinera recibiría abastos. Tristemente, la gran mayoría de la gente que iba a las gasolineras regresaba sin combustible. Los médicos y servidores públicos (e.g., policías) tenían filas expreso para obtener combustible con sólo hacer una hora de fila. La tensión era tal que todo tanquero de gasolina iba escoltado por la policía o los militares. Por el lado positivo, ese tercer día abrieron las primeras panaderías y pizzerías. Mis notas recalcan que se sentía la tensión del pueblo – el pueblo se sentía abandonado y preocupado.

El cuarto día fue uno muy emocionante cuando por primera vez funcionó un celular de manera intermitente. Era fácil reconocer dónde se recibía señal de celular porque había decenas de autos estacionados haciendo 30 intentos para que pasara una llamada. Que emoción ver la gente llorando al escuchar de sus familiares. Este día también abrió el primer supermercado en nuestra área, aunque con los suministros que tenían desde antes del huracán. Todo se pagaba con efectivo, por lo que el cash comienza a escasear. Justo antes del huracán el presidente de la productora de agua más grande en Puerto Rico había asegurado por la radio que no habría escases de agua dado ellos tenían la capacidad de producir la demanda completa. Esto era bien importante ya que muchos Boricuas habíamos donado gran parte de nuestras reservas de agua y víveres a los países vecinos que habían sufrido el huracán Irma hacía dos semanas. En el quinto día ya era evidente que las promesas de antes del huracán eran falsas y que tendríamos escases de agua potable; simplemente no había agua potable para la venta en ningún comercio. Para este entonces el panorama promedio era que sabíamos de nuestra familia, sólo había dos estaciones de radio y ninguna de televisión, utilizábamos el agua de lluvia usando cisternas improvisadas, los suministros personales de agua potable eran alarmantemente bajos y el pueblo estaba estreñido a causa de la dieta de galletas con salchichas. Las filas para la gasolina aumentaron a 100 autos en promedio, con espera promedio estimada de 5 horas. Para que todo el mundo pudiera recibir gasolina, las gasolineras comenzaron a limitar el despacho de gasolina a $15 (aproximadamente 4 galones) por cliente, lo que obligaba a la gente a volver a la fila en las gasolineras todos los días. Dado que había escases de agua potable, todos comenzamos a hervir el agua para poder tomarla, lo que agotó los abastos de gas. Afortunadamente, se podía conseguir gas sin problemas, provisto que tuviera gasolina para trasladarse a buscarlo.

En el sexto día las filas eran de 200 autos, por lo que las comenzaron a dividir en 100 para cada dirección – aproximadamente 8 horas de fila. Imagínese hacer una fila de 8 horas donde cada vez que sirven un auto usted prende su vehículo y lo mueve 10 pies. La pregunta era si los autos se quedarían primero sin batería o sin gasolina. Este día se escuchó del gobierno por primera vez cuando alegadamente anunciaron un toque de queda para el país a las 5pm – recuerden que en este punto seguíamos incomunicados por completo. Este día finalmente reabre el aeropuerto de San Juan limitado a 10 vuelos comerciales por día dado que el radar del aeropuerto se dañó con el huracán. El crimen en todo Puerto Rico continúa aumentando dado la desesperación de la gente. Los criminales estaban robando mayormente combustible y generadores. Cualquier auto o generador que estuviera afuera era blanco de que lo taladraran para robarle el combustible. El hurto de combustible en los generadores de las torres de celulares hacía que perdieran funcionalidad y volviéramos a estar desconectados. En el séptimo día el aeropuerto aumentó a 14 vuelos diarios; pero seguíamos con los supermercados vacíos, sin agua, luz, ni comunicaciones. No lo mencioné antes, pero justo después del huracán continuaron las lluvias diariamente que no permitían a los ríos regresar a sus cauces y que continuaban inundando y causando deslizamientos de tierra. En un trayecto de una milla alrededor de mi casa por la montaña había aproximadamente 80% de las casas sin techo y escuché de varias comunidades atrapadas debido a los deslizamientos de terreno. La experiencia que describo fue similar para la mayoría de los municipios de la costa de Puerto Rico. En la Región Centro de la isla la situación es muy difícil. Finalmente, concluyendo la primera semana se comenzó a ver luz en el horizonte ya que algunas partes de Mayagüez habían sido electrificadas con una planta generadora relativamente pequeña que electrificaba hospitales y bombas de agua.

La situación en la segunda semana fue muy similar, excepto que la escases de agua potable y dinero en efectivo se complicó. Las filas para los pocos cajeros automáticos que funcionaban eran de cientos de personas. Los hospitales solicitaban desesperadamente combustible para poder continuar operaciones. Los cuentos del personal médico que veía morir la gente cada vez que los respiradores fallaban por falta de luz y de los pacientes en diálisis muriendo por no poder recibir tratamiento. Muchos en el país optaron por buscar alguna forma de emigrar, algunos pagando $9,000 por viajar al estado de Florida. El crimen continuó aumentando ante la desesperación. En las primeras dos semanas no vi ningún tipo de ayuda humanitaria. Las ayudas alegadamente estaban en el puerto, pero no había suficientes transportistas para distribuirla. A la tercera semana se reestableció el suministro de combustible a las gasolineras y las filas desaparecieron. Aún la mercancía en los supermercados era similar a después del huracán, con la excepción que había pan fresco. El agua brillaba por su ausencia; sólo se conseguía en San Juan luego de 1 hora de fila para comprar dos cajas de agua. La inflación en Puerto Rico se fue por las nubes ya que muchos comerciantes inescrupulosos se aprovechaban de los clientes. Por suerte, entre la segunda y tercera semana el único proveedor de celuar en el Oeste que tenía señal abrió su banda para que las demás compañías se pudieran conectar por roaming.

El apagón en Puerto Rico es oficialmente el más grande en la historia de Estados Unidos. Además de exponer la vulnerabilidad de nuestro sistema eléctrico, hizo evidente la interdependencia de las infraestructuras críticas. O sea, sin luz no funcionan las bombas que nos permiten tener agua, no funcionan las comunicaciones, los puertos y aeropuertos pierden funcionalidad y los semáforos simplemente se convierten en adornos para las intersecciones.

Aproximadamente, para la tercera semana fue que se comenzó a escuchar de organizaciones sin fines de lucro locales que salieron a apoyar las comunidades más afectadas. Algunas iglesias se convirtieron en centros de acopio y se podían ver los militares tomando el control del país y utilizando helicópteros para llevar comida a comunidades aisladas. Aún luego de 5 semanas del huracán menos del 15% del país tenía energía eléctrica; número que subió a menos del 30% para la sexta semana. Proyecto que luego de tres meses sólo tendremos 70% del país electrificado y que habrá sectores que estén más de un año sin electricidad.

No le deseo esta experiencia a nadie, pero entre las cosas que aprendimos están: (1) prepararnos con suficiente agua, comida, combustible, efectivo y gas (con estufa) para sobrevivir por lo menos dos semanas; (2) conozca sus vecinos y vivan como comunidad porque son su familia más cercana; y (3) reconozca que lo material y las comodidades que tenemos son lujos y que realmente no los necesitamos. Si en vez de un huracán hubiésemos tenido un terremoto fuerte nuestra infraestructura se hubiese inhabilitado igual o peor. Las carreteras estarían intransitables, no podríamos contar con servicio de agua, la luz, ni comunicaciones. El agua potable y la comida escasaría y sólo pudiésemos comprar con dinero en efectivo. Peor aún, el terremoto no avisa por lo que probablemente la familia esté alejada al momento del desastre. Definitivamente, necesitamos hablar sobre desastres con los niños y tener un plan familiar claro, factible y que considere todas las opciones. Los dejo con un link (en inglés) que puede ayudar a crear el plan.


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